Me casé con veinte
años y a los tres años y medio de casada me separé porque
tuve que elegir entre vivir o morir; y decidí que quería vivir.
A las dos semanas de estar casada empezaron los malos tratos. Un día tuvimos que marcharnos de un bar porque a mí me dolía la cabeza, aquel día empezó a pegarme. Para él no tenía importancia mi dolor de cabeza, me advirtió que aquella sería la última vez que nos marchábamos de un bar por mi culpa. Aquel mismo día le tenía que haber puesto las maletas en la puerta, pero él estaba borracho y a mi me dio pena…. No sabía que a partir de aquel día me convertiría en “saco de sus golpes” y que cualquier excusa sería buena para que me volviese a pegar: una camisa por planchar, un pantalón por lavar….
Mi marido era un alcohólico violento que necesitaba tanto su sueldo como el mío para gastárselo en bebida. Se pasaba el día en el bar bebiendo y si el dinero no llegaba a final de mes, la culpa era mía y por ello me pegaba. Poco a poco me fue anulando como persona y llegué a creerme que realmente la culpa era mía y que todo lo que él me decía era cierto. Intenté que todo estuviese como él quería y evitar así que tuviese motivos para pegarme, pero nunca era suficiente, siempre había un motivo para pegarme. Al principio me estaba quieta esperando que sus golpes cesaran, pero al final cansada de sus golpes empecé a defenderme de las patadas y puñetazos que me daba por todo el cuerpo, dejé de temer sus maltrato físico y en lugar de esperar a que me golpease le plantaba cara.
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Rafi y su madre |
Fue entonces cuando empezó su maltrato psíquico. En dos ocasiones intentó quitarme la vida estrangulándome y a partir de entonces empecé a dormir en el suelo o en el sofá, temía que intentase ahogarme con la almohada mientras estaba dormida. Durante todo el tiempo que sufrí los maltratos jamás lo denuncié a la policía porque sabía que si no me hacía heridas que sangraran no podía hacer nada contra él. Así estuve sufriendo durante tres años y medio los maltratos de mi marido, me refugié en el trabajo e intentaba estar el menor tiempo posible en casa, para no verlo ni encontrarme con él y así evitar los malos tratos, pero ni aún así conseguí que dejase de maltratarme una y otra vez.
Un día, después de haberle dado durante más de tres años todas las oportunidades del mundo para que él cambiara, decidí poner punto final a mi matrimonio y le puse las maletas en la puerta. El día que el abandonó definitivamente mi casa y mi vida fue el más feliz de mi vida. Empecé a ser una mujer libre.
Unas semanas después de haberme separado de mi marido, alguien puso una Biblia en mis manos. Siempre había creído en la existencia de Dios porque mis padres, que eran católicos, me habían enseñado a respetar las tradiciones, aunque casi nunca iban a misa. La persona que me entregó la Biblia estuvo orando mientras la estuve leyendo y aquel día entregué mi vida a Cristo. Él me perdonó todos mis pecados y dio un nuevo sentido a mi vida y decidí dedicar mi vida a servirle. Y así ha sido hasta el día de hoy.
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