Testimonios personales

Historia de mi conversión

El Sr. Calvet y su esposa

Nací en un hogar donde a Dios no se le tenía en cuenta. Mis padres eran católicos, bueno, cumplían con todo compromiso religioso que la sociedad de la posguerra exigía, -fui bautizado, hice la comunión...-, pero nunca mis padres me educaron en el temor de Dios, si bien es cierto que no me prohibieron asistir los domingos a misa. El carácter inquieto y rebelde que poseía -como cualquier otro niño- siempre estaba en conflicto con mis profundas inquietudes religiosas pues sentía un tremendo miedo a la muerte y al infierno.

A los 9 años en la clase de religión que se daba en la escuela, nos visitó un sacerdote cuyo propósito era levantar vocaciones. Su charla fue tan inspiradora que me sentí llamado a ingresar en un seminario. Lleno de gozo, saltando de alegría y con gran ilusión presenté a mis padres dicha posibilidad, rogándoles que cumplimentaran la correspondiente solicitud, a lo que mis padres se negaron. Por más que supliqué y lloré por varios días, no conseguí nada.

La negativa de mis padres me llenó de ira, desde aquel momento decidí hacerles la vida imposible y, ¡¡ lo conseguí!! . Sólo deseaba hacerles pagar lo que me estaban haciendo, por lo que empecé a comportarme mal, conseguí que los vecinos constantemente se quejaran a mis padres, lo que motivaba castigos y palizas casi a diario con lo que aumentaba mi agresividad. A tal punto llegué a castigarles que tomaron la resolución de internarme en un reformatorio. Un día antes de que mi padre me internara, movido por el dolor que le ocasionaba tomar una medida tan dura, habló con el farmacéutico del barrio para que me aceptara como aprendiz y de esta manera alejarme de la calle. Al principio el hombre se negó a ello ya que me conocía bien, pues se había quejado en más de una ocasión por mi comportamiento; pero ante las súplicas de mi padre accedió.

A los diez años entré en la farmacia como aprendiz. La farmacia me gustó desde el primer día, es cierto que no había día que no recibiera un coscorrón o reprimenda, pero era feliz. Fui cambiando mi comportamiento y dejé de ser un problema para mis padres. A los doce años, con las propinas y el dinero que ganaba por vacunar pollos no tardé en tomar contacto con no muy buenas compañías. Aprendí a llevar dos formas de vida, por una parte era un niño bueno y, por la otra, comencé a visitar bares y luego los descampados donde había mujeres que ejercían la prostitución.

Fue a los catorce años cuando comencé a poner inyecciones lo que me permitió tener siempre dinero abundante y, como es natural, cuando hay dinero aumentan los amigos y los vicios. Ya no me contentaba con ir a descampados, empecé a frecuentar prostíbulos, a relacionarme con distintas señoritas, a vivir intensamente la noche.

A los dieciséis años no me era difícil engañar a mis padres, -ya he dicho que aprendí a tener dos vidas-. Cada día al finalizar mi trabajo en la farmacia iba al centro católico, los domingos iba a misa, ¿cómo iban mis padres a pensar que les engañaba?, lo cierto es que casi todas las noches, después de habernos acostado, el sereno -a quien daba buenas propinas-, venía a buscarme con el pretexto de que había alguna inyección urgente que poner. En la esquina me estaba esperando un taxi para llevarme al “barrio chino de Barcelona”. A mi corta edad había hecho amistad con los porteros de las bodegas Apolo y Nuevo donde se hacía varietés, y donde se podía beber y..., era normal regresar a casa sin poder encontrar el agujero de la cerradura.

Lo cierto es que no era feliz. Tenía un tremendo miedo a la muerte y recuerdo muchas noches acostarme y ponerme a llorar, pensando: ¿qué sería de mí si muriera en pecado? Por ello asistía al centro católico, por ello iba a misa a confesarme. Constantemente me hacía el propósito de cambiar, pero no podía, algo más fuerte que mi voluntad me arrastraba a llevar una vida de desenfreno.

Hacía dos años que a la farmacia acudía una viejecita a diario; venía a comprar un sobre de Cafiaspirina y, cada día me daba un folleto para que lo leyera, folleto que salida ella lo echaba a la papelera. Un día el folleto quedó en el bolsillo de la bata, y al ir mi madre a lavarla lo vio y me lo entregó, y lo leí, en él se hablaba de Dios, de la seguridad de la salvación, y me gustó. La viejecita siguió dándome cada día un folleto que yo leía con gran atención, y me decía que si quería conocer más de Dios tenía que leer el Nuevo Testamento. Fui a mi director espiritual y le dije que quería adquirir un Nuevo Testamento, pero me contestó “hace falta licencia para leerlo, y tú no la tienes”. Ante la negativa pedí a la viejecita que me proporcionara uno.

El 1 de julio de 1957 -tenía 17 años-, invitado por la viejecita -Sra Josefa-, visité la Iglesia Evangélica, el cálido ambiente, la atención de la gente, los preciosos himnos y el sermón, me gustaron, me sentía bien. Al siguiente domingo fui al cine, pero había en mí una lucha, quería ver la película, pero sentía la necesidad de volver a la Iglesia Evangélica, por fin me decidí y salí, llegué y la reunión ya había comenzado. Desde aquél día mi vida cambió, dejé mis amigos, mi vida nocturna…y Dios puso orden en mi vida, ¡¡por fin era feliz!!

En la Iglesia conocí a la que hoy es mi esposa. Nos casamos y juntos fuimos al seminario para prepararnos para servir a Dios. En 1971 se nos requirió para ayudar en el pastorado en la Iglesia de Viladecans, pasando a ser los pastores desde 1971, ministerio que por la gracia de Dios seguimos desarrollando todavía en 2006.

Joan Calvet

Leer otros testimonios personales

Regresar a la página principal